jueves, 6 de agosto de 2015

MANUELA LA DE BOLÍVAR

La Libertadora del Libertador; “la más bella quiteña”; “la amante inmortal”; “amable loca”, como cariñosamente llamó Bolívar una vez a Manuelita Sáenz o simplemente a Manuela, como ella firmaba sus cartas y sus proclamas a favor de Bolívar. Hay que honrarla porque en aquella época de insondable ignorancia para la mujer en la sociedad colonial, Manuelita leía a Plutarco, escribía bien, bordaba como pocas artesanas. Sus artes las aprendió en un convento donde realizó su educación y fue la más insólita combatiente contra el colonialismo español en nuestro continente. Inteligencia y valentía hacían un haz en su personalidad.
En Quito; el 24 de mayo del 2007 se celebró el aniversario de la Batalla de Pichincha de una manera especial: el desfile anual fue sustituido por un acto conmemorativo en el que el presidente Rafael Correa, por decreto, promovió a Manuelita Sáez al grado honorífico de Generala. La Ministra de Defensa, Lorena Escudero, declaró: “¡A partir de hoy, Manuela Sáenz constituirá un ícono de servicio a la Patria y al prójimo”—Esa noticia recorrió el mundo, y ahora en ocasión de celebrarse la Fiesta Nacional del Ecuador (10 de agosto 1809-2013) el icono que representa la, quizás, más importante mujer en la historia de la independencia Hispanoamericana, Manuelita se hace presente.
Manuelita Sáenz es un personaje sin semejanza alguna en la historia de la Patria Americana; una mujer que en los albores del siglo XIX vestía uniforme de húsar, ostentó los grados hasta Coronel del Ejército Libertador de Simón Bolívar, acompañó al Libertador en campaña por los Andes como un soldado más, y participó en decisiones políticas, aunque su vocación en el Estado fue siempre la de salvaguardar la vida del Presidente-Libertador de la Gran Colombia. Por si fuesen pocos sus méritos, Manuela combatió en la batalla de Ayacucho.
Aunque bastarda –quedó dicho–, de español y quiteña, había sido una mujer rica, pero murió en cruel destierro en Paita, Perú (ordenado por el entonces gobierno de Bogotá) en la más espantosa miseria, igual que muriera el Libertador en Santa Marta, 26 años antes de que pereciera ella al desatarse en Paita una epidemia de difteria. Entonces estaba baldada poco antes la visitó Garibaldi. La memoria de Manuelita la conservan en su historia, de forma muy destacada, el Ecuador, Venezuela y Colombia.
En la convocatoria al Premio Internacional Simón Bolívar, que auspició la UNESCO y el gobierno de Venezuela hace unos años, se relacionan importantes fragmentos de la vida del Libertador y de los personajes más vinculados a él. Aunque no se relacionan todos los méritos de Manuelita, ella aparece en un tema referente a la mujer, el cual dice: “Bolívar no reconoce el valor de la mujer con declaraciones teóricas: él reconoce su valor amándola, pero al amarla no sólo la hace partícipe de su intimidad, sino que le da oportunidad de luchar por la independencia. Tal es el caso, por ejemplo, de la ecuatoriana Manuela Sáenz, quien deja todo por seguir a Bolívar, pero una vez a su lado controla, orienta, supervigila la lucha por la libertad”.
No hay duda que ocurrió así. Sin embargo, cuando conoció a Simón Bolívar, Manuela Sáenz ya ostentaba la Orden de Caballeresa del Sol –el más alto título otorgado por el General San Martín, como reconocimiento a los servicios prestados por Manuelita a la causa de la libertad. El mismo José de San Martín había prendido el Sol de Oro y piedras preciosas en el pecho de Manuela, joven quiteña de poco más de 20 años, cuando el prócer sudamericano llegó a Lima donde vivía Manuelita como la señora del doctor Jaime Thorne, un médico inglés con quien su padre la había desposado –ella era hija natural de un acaudalado español y una mujer quiteña–, a la usanza de la sociedad simuladora de virtudes pudorosas.
Pero Manuela, quien amaba todas las formas de la libertad, deshizo en una noche aquel vínculo formal para entregarse en alma y vida al hombre que acababa de conocer: Simón Bolívar.
En Quito, el día de la entrada triunfal del Libertador, ella le lanzó una corona de laurel desde el balcón donde se encontraban las criollas patrióticas; la corona fue a dar al rostro de Bolívar, quien un tanto airado volvió la vista a los balcones y descubrió a Manuelita. Dicen que él dijo después que ojala todos sus soldados tuvieran la misma puntería que aquella mujer. Esa misma noche la identificó en el baile de la victoria. Desde entonces se amaron: “Hasta padecer el dolor de la soledad, de las ingratitudes y de la persecución, sobre todo después de la muerte de Bolívar”, ha escrito uno de los más documentados biógrafos de Manuela Sáenz, el ecuatoriano Alfonso Rumazo González, autor de la obra “Manuela, La Libertadora del Libertador”.
Manuela Sáenz había salvado a Bolívar de perecer en varios atentados. Quizá cuando el Libertador de América estuvo más cerca de la muerte a manos de sus enemigos políticos fue la noche del 25 de septiembre de 1828, conocida como “la noche trágica”. Habría sido asesinado de no haberlo despertado Manuelita, de un profundo sueño, cuando los finos oídos de la quiteña escucharon los ladridos de los perros del Libertador y un ruido extraño en la casa. Simón Bolívar se levantó sorprendido al llamado insistente de Manuelita, tomó su sable y su pistola y fue a abrir la puerta para hacerle frente al peligro, pero ella lo hizo saltar por la ventana y sólo abrió la puerta cuando comprobó que se había alejado de la residencia. Los complotados la humillaron y maltrataron, pero no le importó, Bolívar se había salvado. Cuando él regresó a la quinta, le dijo a Manuela, delante de sus ayudantes: “¡Tú eres la Libertadora del Libertador!”. Ningún título más alto que ése.
Dos años más tarde, el 8 de mayo de 1830, se habrían de despedir para siempre, sin saberlo. Él abandonaba Bogotá, pensando en una última oportunidad para salvar su obra, pero muy abatido por la enfermedad que lo consumía y los juicios nefastos contra su persona. La Gran Colombia se despedazaba. Ella seguiría al cuidado de los documentos confidenciales del Libertados y sobre todo vigilante de sus adversarios. Pensaban reencontrarse, quizá en Quito que tanto les agradaba a los dos. Pero siete meses después el Libertador había muerto.
Comenzaba el calvario de la bella quiteña, Manuela Sáenz, hasta su muerte en Paita.
La historia de esta extraordinaria mujer que Guayasamín plasmó en un mural, colocándola entre los grandes del Ecuador ha sido exaltada con justeza, pero también a lo largo de más de un siglo negada o reducida en su rango histórico, cuando no vilipendiada. De Manuela Sáenz se han escrito numerosas páginas destacándose las de sus biógrafos Rumazo y Víctor Von Hagen.
La mejor respuesta a todas las ignominias podrían ser las propias palabras escritas por la quiteña Manuela Sáenz:
“Yo amé al Libertador; muerto lo venero. Pueden disponer alevosamente de mi existencia, menos hacerme retroceder una línea en el respeto, amistad y gratitud al general Bolívar”.
(…) ¡Oh sol, oh padre! Y a veces, /el mar se quedaba ensimismado porque Manuela, vistiendo con /gran gala/ su uniforme de Coronel de Ayacucho congregaba / con suave autoridad a los niños indios, negros y mulatos de / Paita/ y acompañada a la quena por un ciego cantaba en voz de plata / un grave himno, el que escribiera un viejo amigo suyo,(1) / un hombre como ella infortunado, golpeado, despreciado, /quien sin embargo /sacaba de su pecho y retumbaba más que Píndaro un discurso / para cantar las Armas y las Letras de los siglos dichosos” (Poema de Gastón Baquero a Manuelita Sáenz)
(1) Simón Rodríguez, maestro de Bolivar.

domingo, 10 de agosto de 2014

AZOR, AZORÍN, AZORADO

DE MI AUTOR PREDILECTO, UN PEDAZO DE MI VIDA:
AZORADO CON AZORÍN:

Cuando volvieron de la iglesia celebraron con una merienda espléndida el bautizo. La casa estaba llena de invitados; entraron todos en el comedor. Sobre el blanco mantel res...altaba la límpida cristalería. Y acá y allá, la nota pintoresca de un pomposo, oloroso, pintoresco ramo de flores. Todos estaban alegres, animosos.

Venía al mundo un nuevo ser. Se celebraba su entrada en la vida. ¿Qué había en el mundo para este niño? Las conversaciones, las risas, las exclamaciones de cuando en cuando, como el ir y venir de un oleaje, tenían un momento, ligerísimo, de tregua. Parecía que en estos vagos y fugaces silencios algo se cernía sobre las cabezas de los invitados. La madre del niño estaba un poco seria, meditativa; ya se había levantado de la cama; a los tres días del parto ya se hallaba en pie; era mujer fuerte, robusta, que cruzaba las manos sobre el pecho —las manos gordezuelas, lustrosas, sonrosadas—,y así permanecía, con una dulce sonrisa, largos ratos. El padre iba y venía afanoso, un poco febril entre los invitados; llevaba en alto una botella; pasaba de una parte a otra una bandeja con dulces; decía a éste una broma; replicaba al otro con una chuscada.

Y el niño, en la sala vecina, lloraba con un llantito agudo, persistente. Le entraban en el comedor; le besuqueaban todos, y se lo volvían a llevar a la pieza vecina. Su carita menuda asomaba entre las blondas y encajes blancos.

—¡Que nos diga el poeta el horóscopo del niño!
—gritó uno de los convidados.

No hemos hablado todavía del poeta. El poeta era Eladio Parra. Cuando el niño nació, su padre, Antonio Riera, escribió al gran poeta:

«Querido Eladio: ¡Cuánto tiempo hace que no nos vemos! Pero yo sé de ti. Sé de ti por tus versos. Yo no soy nada; tú lo eres todo. Desde los días del colegio, hace veinte años, no nos hemos vuelto a ver. Ha nacido mi primer hijo. Yo tendría placer en que el más grande poeta de España apadrinara a este niño. No te niegues a mi deseo. Si vienes, desde la casa estarás viendo a todas horas el Mediterráneo, el mar tranquilo y siempre azul. Y esto será para ti una compensación de las molestias del viaje.»

Tal era la carta. Y el gran poeta vino al bautizo. Rodeado de la admiración y del cariño de todos, se hallaba sentado ante la mesa; su mano diestra reposaba, con coquetería, en el blanco mantel; esta mano, él la estaba mirando, había escrito los versos más finos, más delicados, más originales del Parnaso español contemporáneo.

Todos apoyaban la petición del invitado interpelante.

— ¡Sí, sí; que haga el poeta el horóscopo del niño!

El poeta sonrió afablemente. ¿Qué iba a decir él de un niño que entra en la liza del mundo? El poeta sonrió con bondad; todos le rodeaban; manos finas y blancas se apoyaban en sus hombros; ojos bellos femeninos le miraban con profunda admiración. ¿Qué iba a decir el poeta de un ser que penetra en el tráfago de la vida?

El poeta sonreía con amabilidad.

—Pues bien, señores —dijo al fin—; pues bien, sí, señores...

Y todos aplaudieron. Los aplausos resonaron en el comedor; el llanto del niño se percibía entre la algazara de las voces y de las risas.

Había que hacer las cosas discretamente. Puesto que la concurrencia quería que el poeta levantara el horóscopo de un niño, Eladio Parra, el gran poeta, saldría del paso con alguna bobería espiritual, delicada. Antes habían puesto ante Eladio al niño, y el poeta estuvo contemplando en silencio, solemnemente, como quien estudia las profundidades de un misterio, los ojitos del niño, su naricita, su boquita contraída por un mohín picaresco. Y cuando Eladio hubo contemplado un rato al niño, pidió ser llevado a un salón vecino, donde había recado de escribir. Todos esperaban en la puerta. El poeta se recogió un momento, en pausa cómica, y luego salió de la estancia llevando en la mano un sobre.

— ¡Aquí está —dijo— el horóscopo de este niño!

Y todos esperaron, ansiosos, a que el padre rasgara el sobre. Dentro estaban escritas estas pocas palabras:

«¡Cuidado con las sirenas!». Hubo un momento de indecisión. ¿Qué significaba esta misteriosa advertencia?

¡Cuidado con las sirenas! Sí, sí; era verdad; el poeta se refería a las mujeres, a las mujeres encantadoras y engañosas que podían hacer la desgracia del niño.

Cuidado con las sirenas significaba que este niño estaba expuesto, como tantos otros, en su vida de hombre, a ser el juguete, la víctima, la presa de mujercitas terribles, aventureras; una mujer, seguramente, iba a perderle. Las mujeres, de todos modos, jugarían un papel decisivo, importante, en la vida de este niño. Y no se tomaron las cosas por lo trágico. Al fin, desechados tristes pensamientos, se pensó, picarescamente, en la buena fortuna de este Don Juan novísimo, afortunado, que ahora venía al mundo.

Pasaron muchos años. El niño, Pablo Riera, se hizo hombre. El horóscopo estaba olvidado. Las sirenas, es decir, las mujeres, el eterno femenino, no jugaba papel en la vida de Pablo. La vida de Pablo se deslizaba tranquila, sosegada, uniforme. Se había casado ya el mozo. No había hombre menos mujeriego que Pablo. Su mujer le adoraba. Los dos llevaban con escrupulosidad y provecho la tiendecilla de que vivían. Pablo era un hombre callado, un poco encogido; tenía una sensibilidad reconcentrada. Experimentaba, con la menor contrariedad, una profunda, larga, resonante angustia en todo su organismo. Las horas para él traían todas, cada día, las mismas cosas. No se producía alteración en el vivir silencioso, llano, feliz, en suma, de este matrimonio.

Un día, revolviendo trastos viejos, la mujer de Pablo encontró un cofrecillo; estaba lleno de cartas antiguas, de fotografías amarillentas. Era de noche; había terminado la tarea diaria; bajo la luz ancha, circular, de la lámpara, en el silencioso comedor, en tanto que Pablo leía, su mujer iba escudriñando todos estos viejos recuerdos. Y de pronto apareció un papelito en un sobre, un papelito en que se leía, con letra enrevesada, pero grande: «¡Cuidado con las sirenas!».

—Mira, Pablo —dijo la mujer—; aquí está tu horóscopo, el horóscopo de que tú me has hablado algunas veces.
—Es verdad —dijo Pablo—; ésta es la letra del gran poeta amigo de mi padre.
—Pues las sirenas no te han sido funestas en la vida —añadió la mujer.
—Sí, cierto; hombre menos aventurero, menos mujeriego que yo, tú lo sabes, habrá habido pocos —contestó Pablo.
—Los poetas se equivocan —agrego el marido.
—¡Afortunadamente, en este caso! —exclamó la mujer.

Y sus ojos, bajo la lámpara, se clavaban en las palabras escritas por el gran poeta: «¡Cuidado con las sirenas!

El silencio, la paz, el sosiego eran profundos. A la mañana siguiente la mujer de Pablo no se levantó, estaba un poco enferma. Dos días después la enfermedad había adquirido caracteres de gravedad. Pablo, el marido, vivía en una continua zozobra. Los minutos transcurrían lentos, dolorosos. La enferma, desde la cama, acariciaba con una mirada larga, triste, profundamente triste, al pobre Pablo.

—¡Pablo, Pablo! —exclamaba-. ¡Qué solo te vas a quedar! ¿Qué harás tú sin mí en el mundo?

Y Pablo sentía que se le desgarraban las entrañas.

Llegó la hora suprema. La esposa de Pablo murió; murió a la madrugada, en una madrugada turbia, opaca. Caía una lluvia persistente, menuda. En los cristales del balcón apenas se marcaba vagamente la claridad de la aurora. Dentro, la llama de una lamparilla tembloteaba. Y en el momento de expirar su mujer, de allá lejos, del puerto, llegaba angustioso, como un lamento largo, plañidero, el son de la sirena de un vapor.

Pablo estaba solo. La tiendecilla no marchaba bien. Pablo no se ocupaba en nada. Y su vida estaba deshecha, rota. No parecía por la tienda. Daba largos y solitarios paseos por la ciudad; pasaba largas horas en el cementerio, ante la sepultura de su mujer. ¿Para qué quería él vivir? Una noche, en la ciudad, comenzaron a sonar todas las campanas. Se había declarado un incendio en alguna parte. La tiendecilla de Pablo estaba ardiendo; el incendio destruyó todas las existencias y enseres del comercio. De madrugada, Pablo, rendido, fatigado, presa de una terrible angustia, se dejaba caer en la cama. Era una madrugada fría, lluviosa; caía de un cielo turbio, sucio, una llovizna persistente, helada.

Y a lo lejos, entre sueños, vaga y dolorosamente, Pablo escuchaba el son largo, plañidero, de la sirena de un barco.

Pablo, el pobre, estaba anonadado; vivía en un cuartito de un quinto piso. Una anciana venía todas las mañanas a arreglar el menaje; él comía fuera; su traje era desastrado. Como un autómata, caminaba y caminaba horas y horas por el campo. Después, al anochecer, rendido, volvía a su cuartito y se dejaba caer, inerte, en la cama.

Una vez no pudo dormir en toda la noche. La claridad del día apareció en los vidrios del balcón. La aurora era borrosa, turbia, gris. Caía una lluvia menudita, fría; se oía a intervalos, en una pieza vecina, ruido de una gotera que sonaba persistente.

Comenzó a oírse de pronto, allá en el puerto, el grito agudo, como una súplica, como un lamento, como una suprema imprecación, de la sirena de un barco. Y cuando se apagó el estampido de una detonación, en el cuartito, todavía sonaba con angustia, trágicamente, la voz de la sirena.
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POQUITO SOBRE LA ENVIDIA, EL RENCOR Y LA PENDEJA VENGANZA:


Nunca nos sentiremos bien por haber practicado el mal. Nunca el rencor y la venganza proporcionan contento.
Luis de Argote y Góngora

  El rencor da combustible para una larga lucha.
Hay que estar de buen humor
 y no guardar rencor
 tenemos que amar
 y asi enamorar
 tenemos que jugar
 y asi bailar

CUANDO AMES SOLO ESCUCHA LO QUE DICE TU CORAZON QUE EL RENCOR Y ODIO DE OTRAS PERSONAS NO INFLUYAN EN TU DESICION


 me siento lista para volver a decirte hola sin rencor...sere tu amiga por siempre me dolio perderte como mi unico amor, pero disfrutare de tenerte como amigo..igual tqm.

 


DONDE HUBO DOLOR SE RESPIRA RENCOR, NO SOLO SE PIERDE LA CALMA SINO TAMBIEN EL AMOR...

 

 


 

 

miércoles, 30 de julio de 2014

HOLANDA Y LA AMISTAD INICIADA CON EL HOMBRE PRIMMITIVO


Livingston Vaught agregó 4 fotos nuevas.
5 h · 
Me exigen que hable de mis recientes peripecias europeas:
Empezaré por Holanda que está de moda por aquello de que "!no fue penalty!"
Hablar de Amsterdam equivale a hablar de agua, agua y agua. Las casas casi todas de color blanco o negro, se reflejan en los canales.Porque agua hay en todas partes. Grandes avenidas que nunca acaban, canales a cuyos lados se alzan casas que parecen fichas de dominó: negras con puntos blancos. Y en las ventanas, cortinas de encaje. Hablar de ...
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Livingston Vaught agregó 4 fotos nuevas.
1 h · 
El Hombre Primitivo sintió qude le inundaba una esperanza nueva. Alzó los ojos: en lo algto, en la inmensidad, estaba suave y serena, la Luna. Una súbita felicidad llenó su corazón; no se encontraba solo. Con él, con su pensamiento estaba la que, antes que cualquier otra cosa en el mundo, recibiría el don precioso y puro del primer sentimiento humano: LA AMISTAD!!!